Opinión

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No fue solo la lluvia

En enero llovió el doble de intenso sobre la misma quebrada y el daño fue mucho menor. El aluvión del 8 de octubre fue la suma de una ladera quemada, un…

En enero llovió el doble de intenso sobre la misma quebrada y el daño fue mucho menor. El aluvión del 8 de octubre fue la suma de una ladera quemada, un suelo saturado y una ciudad que entuba sus quebradas.

Michel Kure Bernal, ingeniero civil geotécnico. Presidente del Comité del Manual de Recomendaciones de Diseño y Construcción de Edificaciones en Laderas de Dunas y Maicillos, Instituto de la Construcción.

El jueves 8 de octubre, poco antes de las cinco de la tarde, un torrente de barro y rocas bajó por la avenida General Blanche, en San Carlos de Apoquindo. Arrastró autos y un bus con pasajeros, y dejó más de dos mil viviendas dañadas. Tras un desastre así, la primera explicación suele ser la lluvia. Los datos públicos muestran algo más incómodo: la lluvia de ese día no fue excepcional para esa quebrada.

Enero llovió más fuerte

La estación Parque el Arrayán, de la Dirección General de Aguas, mide la lluvia cada media hora en la precordillera de Las Condes. El 8 de octubre, entre las 15:30 y las 16:00, marcó 8,8 milímetros. El 31 de enero, la misma estación había registrado 19,2 milímetros en media hora: más del doble.

Aquel episodio de enero también bajó por la Quebrada Honda con material del incendio y colapsó el canal de Francisco Bulnes Correa, pero afectó a unas 28 viviendas. Si la intensidad de la lluvia lo explicara todo, el desastre habría ocurrido en enero.

Gráfico 1. Lluvia cada 30 minutos, estación DGA Parque el Arrayan (misma escala). Fuente: DGA, datos provisorios.

Un suelo que ya no absorbía

La diferencia está en lo que había llovido antes. En enero, la ráfaga cayó sobre un cerro seco. En octubre cayó sobre un invierno muy lluvioso y sobre 85 milímetros acumulados en los dos días y medio anteriores. La noche del 6 de octubre llovió dos horas a unos 10 milímetros por hora, el umbral que Sernageomin había señalado como peligroso, y no pasó nada. Dos días después, con el suelo saturado, una ráfaga mayor desató el aluvión. Un umbral de intensidad, por sí solo, no basta para alertar.

Gráfico 2. Lluvia acumulada del 6 al 8 de octubre, estación DGA Parque el Arrayan. Fuente: DGA, datos provisorios.

Un embudo quemado que termina en un tubo

El incendio de fines de diciembre quemó 1.012 hectáreas de la precordillera. Con imágenes del satélite Sentinel-2 y un modelo del terreno, calculé que cerca del 95 % de lo quemado drena hacia un único punto, a unos 960 metros de altitud, en el borde entre el parque natural y la ciudad. Desde ahí, la quebrada sigue entubada bajo calles y colectores diseñados para lluvias corrientes. El material tapó la entrada de dos ductos; en las calles quedaron bloques de roca de más de un metro y medio, y basta uno para cerrar un ducto. Sin salida, el agua siguió hasta el punto más bajo del relieve: la avenida.

Gráfico 3. Severidad del incendio (Sentinel-2) y cuenca de unos 10 km² que desagua en un solo punto. Contiene datos Copernicus modificados; calles © OpenStreetMap.

No es un fenómeno nuevo. En Montecito, California, en 2018, un mes después de un incendio, una lluvia intensa sobre la ladera quemada desató flujos que mataron a 23 personas.

Cuánto material bajó

Una estimación preliminar, a partir de los 16 kilómetros de quebradas principales y del aporte por metro de cauce medido en zonas quemadas, da del orden de 40.000 metros cúbicos, en un rango de 20.000 a 60.000: unos 2.700 camiones de 15 metros cúbicos. Se afinará cuando se conozca el material efectivamente retirado.

Estaba advertido

Sernageomin clasificaba la zona como de peligro alto desde 2003 y, tras el evento de enero, advirtió una «reactivación de procesos». En junio, un documento municipal estimó que el riesgo seguiría elevado entre uno y tres años, por lo que el riesgo era conocido y ya se había manifestado una vez.

Lo que viene

La ladera reverdeció con pasto, pero aún no tiene las raíces que sujetan el suelo, y los cauces quedaron con material suelto. Tres medidas ayudarían de inmediato: retener el material arriba con barreras y piscinas decantadoras, como en la Quebrada de Macul; darle al agua un camino seguro para cuando los ductos se tapen; y una alerta con pluviómetros en la quebrada que considere la lluvia de los días previos. Después de un incendio, el mapa de riesgo cambia de un día para otro. Nuestras obras y alertas tienen que cambiar con él.

Fuentes: DGA (estación 05722008-2, datos provisorios), Sentinel-2 y Copernicus DEM, Sernageomin, Senapred y Municipalidad de Las Condes. Análisis preliminar, sin terreno.


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